Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS CORTOS. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta CUENTOS CORTOS. Mostrar todas las entradas

martes, 4 de mayo de 2021

¿Qué leían los niños de los años 20? 16 títulos para 16 cuentos. - LOS VERBOS

1. Inspírate en los ejemplos para crear un título para cada una de la imágenes siguientes.

2. Inmediatamente después añade unas cuantas palabras al título para hacer un microcuento de una sola frase. Es imprescindible añadir algún verbo.


EJEMPLOS:
El abuelo, el nieto y el burro 
Aquel día el abuelo regaló el burro a su nieto y fueron amigos para siempre.

El calderero de Salamanca
El calderero se fue a Salamanca a compar una caldera y nunca volvió.


Las princesas delicadas

Las princesas delicadas ya no existen ni en cuentos ni en sueños.
 

Los pasteles y la muela
Unos pasteles hicieron migas la muela de mi amiga.
 

Los tres perezosos
Los tres perezosos se levantaron para ir a trabajar y al rato volvieron demasiado cansados.
 

El real del sastre
El real sastre solo cosía para el rey hasta que se quedó en el paro y decidió ser sastre para la gente normal. 
 
20 Fotos históricas que demuestran que los niños no han cambiado mucho |  Bored Panda
slide_407526_5103602_free
slide_407526_5103600_free
slide_407526_5103592_free
 
slide_407526_5103584_free
 
slide_407526_5103572_free

 

 


 

 
 
slide_407526_5103608_free
 


 

 
imagenes ninos divirtiendose en la antiguedad banner
slide_407526_5103576_free slide_407526_5103578_free


DOS NIÑOS, AÑOS 20-30. FOTO BARO. BARCELONA. 9,4 X 14,2.. VELL I BELL (Fotografía Antigua - Tarjeta Postal)FOTOGRAFÍA ANTIGUA DE NIÑOS CON JUGUETES,AÑOS 20,ORIGINAL,PRECIOSA,CABALLO DE CARTÓN (Fotografía Antigua - Albúmina)

Fotografía antigua: F-449.PASEO EN AUTOMOVIL DE ALQUILER DE MADRE CON NIÑOS. BARCELONA AÑOS 20. - Foto 1 - 50036251

curiosidades2016ANTIGUA FOTOGRAFÍA DE DOS NIÑOS / AÑOS 20 / FOTO ROÉ / BARCELONA (Fotografía Antigua - Tarjeta Postal)028.jpg137.jpg125.jpg130.jpg

domingo, 8 de julio de 2018

Microrelatos de Rosa Montero - 4

La web oficial de la escritora.

El último libro de Rosa Montero: Nosotras

El monstruo de lago

Llevaba dos semanas comiendo porquerías y durmiendo en los bed and breakfast más modestos, pero el dinero se le iba de entre las manos como agua. El coche y el alcohol, eso era lo que le descabalaba el presupuesto. El alquiler del coche era lo peor, pero no había otra manera de moverse. La editorial le pagaba cuatro mil pesetas de dietas al día, lo cual, aunque Escocia estuviera barata, era casi una burla. Así que se alimentaba con la bazofia de los pubs, salchichas purpúreas y guisantes de lata, todo regado con unas cuantas pintas de cerveza. Eso estaba comiendo ahora, precisamente, acodado en la mesa de un pub, junto a la carretera. Un local oscuro como un mal pensamiento, aunque todavía no eran las cuatro de la tarde. Afuera, más allá de los ventanucos, el día moría prematuramente, agobiado por un cielo de nubarrones negros. Sólo estaban a primeros de noviembre, pero hacía ya un frío insoportable. El lago, al otro lado de la carretera, tenía el color helado del mercurio. No tardaría en nevar.
– ¿Es suyo el coche que hay delante?
M. se sobresaltó y miró hacia atrás dos veces, una por encima de cada hombro, buscando la persona a quien la pregunta podría ir dirigida: no estaba acostumbrado a despertar ningún tipo de interés. Pero detrás de él no había nadie. Contempló entonces con más atención al hombre que había formulado la pregunta. Era un tipo de cráneo y vientre redondos, grandes narizotas, ojos de miope. Poseía el aspecto de no haber tenido ni una sola idea propia en toda su vida.
– Supongo que sí -respondió M., en aceptable inglés.
– ¿Extranjero?
– Español.
– ¿Viajando?
– Voy a Inverness.
Tras este breve interrogatorio, el hombrecillo calló, aparentemente satisfecho. M. volvió a su salchicha, fría ya y con sabor a nitratos. Un asco. Como se pasaba los días conduciendo y trabajando, sólo comía una vez por jornada, un almuerzo tardío. Luego seguía camino y por las noches, antes de acostarse, se metía unos whiskys en el cuerpo. Bastantes whiskys. Pero no se consideraba un alcohólico: sólo bebía para poder dormir.
– ¿Le importa si me siento un ratito con usted? -dijo el hombre.
– No, no… -contestó M. sorprendido. Ellos dos, el hombre y él, eran los únicos parroquianos que había en el local. Cosa que no era de extrañar, porque el pub se levantaba en mitad de la nada, entre colinas sombrías y desiertas. Seguramente el tipo se encontraba aburrido de estar solo y de ahí su locuacidad y su insistencia. Un pelmazo. Tenía todo el aspecto de ser un pelmazo. Pero a M. no le importaba: incluso agradecía su presencia. Llevaba dos semanas sin hablar con nadie, más allá de las mínimas frases necesarias para ordenar una comida y de las monótonas preguntas de su trabajo: «¿El garaje está incluido en el precio?», «¿cuántas habitaciones tiene?», «¿cuánto cuesta el menú?». Cómo odiaba su empleo. De entre todas las guías de viajes más baratas, más feas y peor hechas del mundo, las Orbe se llevarían sin esfuerzo el primer premio. La editorial las vendía por dos perras a una serie de periódicos regionales, y éstos las regalaban, una cada semana, junto con el diario de los domingos. Eran unos librillos confeccionados a puñetazos, plagados de erratas y tan mal pegados que no aguantaban el recorrido del quiosco a la casa sin perder alguna hoja.
– ¿A qué se dedica usted? -inquirió el hombre. Unos matojos de pelos negros sobresalían de sus narizotas.
– Soy periodista. -¡Qué interesante! -dijo el tipo. Y parecía de verdad impresionado.
Porque no sabe, se dijo M. Porque no sabe. Lo que peor llevaba era tener que entrar en los hoteles de lujo a preguntar las tonterías que preguntaba. Y cruzar los larguísimos vestíbulos soportando la mirada suspicaz y desdeñosa del conserje. Porque con él nunca se equivocaban los conserjes de los grandes hoteles: siempre sabían, desde la primera ojeada, que él no podía ser un cliente.
– Entonces quizá le interese saber quién soy yo -dijo el hombrecillo en tono modesto-. Yo, verá usted, soy el monstruo del lago Ness.
Me resopló, súbitamente dolido. Pero, entonces, ¿el tipo se estaba mofando de él? ¿Le había reconocido, de la misma manera que le reconocían los conserjes de los hoteles de lujo, como un objetivo fácil para la burla? Pero no, el hombrecillo parecía estar hablando en seno.
– Claro, ya comprendo que a usted le costará creerme -tartamudeó-. Pero es que, ¿cómo explicarle?, yo soy la apariencia humana del monstruo.
Un loquito, eso era. A M. no le asustaban los locos. Al contrario, con ellos se sentía incluso más a gusto. Con ellos no se veía en la obligación de justificarse por lo mal que le había ido en la vida. A los locos no les importaba que tuviera el hígado hecho papilla o que, a los cincuenta y cuatro años, viviera solo como un perro en una sórdida pensión madrileña. Ni que esta miserable chapuza de las guías se la hubieran dado casi por compasión.
– Y, entonces, ¿el verdadero monstruo dónde está? -preguntó por decir algo,
– Ahí abajo -contestó el tipo señalando con solemnidad el turbio lago que asomaba a través de la ventana-. Ahí, arropado por toneladas de agua fría. Está durmiendo.

Microrelatos de Rosa Montero - 3


 Resultat d'imatges de rosa montero

 La gloria de los feos
Me fijé en Lupe y Lolo, hace ya muchos años, porque eran, sin lugar a dudas, los raros del barrio. Hay niños que desde la cuna son distintos y, lo que es peor, saben y padecen su diferencia. Son esos críos que siempre se caen en los recreos; que andan como almas en pena, de grupo en grupo, mendigando un amigo. Basta con que el profesor los llame a la pizarra para que el resto de la clase se desternille, aunque en realidad no haya en ellos nada risible, más allá de su destino de víctimas y de su mansedumbre en aceptarlo.
Lupe y Lolo eran así: llevaban la estrella negra en la cabeza. Lupe era hija de la vecina del tercero, una señora pechugona y esférica. La niña salió redonda desde chiquitita; era patizamba y, de las rodillas para abajo, las piernas se le escapaban cada una para un lado como las patas de un compás. No es que fuera gorda: es que estaba mal hecha, con un cuerpo que parecía un torpedo y la barbilla saliéndole directamente del esternón.
Pero lo peor, con todo, era algo de dentro; algo desolador e inacabado. Era guapa de cara: tenía los ojos grises y el pelo muy negro, la boca bien formada, la nariz correcta. Pero tenía la mirada cruda, y el rostro borrado por una expresión de perpetuo estupor. De pequeña la veía arrimarse a los corrillos de los otros niños: siempre fue grandona y les sacaba a todos la cabeza. Pero los demás críos parecían ignorar su presencia descomunal, su mirada vidriosa; seguían jugando sin prestarle atención, como si la niña no existiera. Al principio, Lupe corría detrás de ellos, patosa y torpona, intentando ser una más; pero, para cuando llegaba a los lugares, los demás ya se habían ido. Con los años la vi resignarse a su inexistencia. Se pasaba los días recorriendo sola la barriada, siempre al mismo paso y doblando las mismas esquinas, con esa determinación vacía e inútil con que los peces recorren una y otra vez sus estrechas peceras.

En cuanto a Lolo, vivía más lejos de mi casa, en otra calle. Me fijé en él porque un día los otros chicos le dejaron atado a una farola en los jardines de la plaza. Era en el mes de agosto, a las tres de la tarde. Hacía un calor infernal, la farola estaba al sol y el metal abrasaba. Desaté al niño, lloroso y moqueante; me ofrecí a acompañarle a casa y le pregunté que quién le había hecho eso. «No querían hacerlo», contestó entre hipos: «Es que se han olvidado». Y salió corriendo. Era un niño delgadísimo, con el pecho hundido y las piernas como dos palillos. Caminaba inclinado hacia delante, como si siempre soplara frente a él un ventarrón furioso, y era tan frágil que parecía que se iba a desbaratar en cualquier momento. Tenía el pelo tieso y pelirrojo, grandes narizotas, ojos de mucho susto. Un rostro como de careta de verbena, una cara de chiste. Por entonces debía de estar cumpliendo los diez años.
Poco después me enteré de su nombre, porque los demás niños le estaban llamando todo el rato. Así como Lupe era invisible, Lolo parecía ser omnipresente: los otros chicos no paraban de martirizarle, como si su aspecto de triste saltamontes despertara en los demás una suerte de ferocidad entomológica. Por cierto, una vez coincidieron en la plaza Lupe y Lolo: pero ni siquiera se miraron. Se repelieron entre sí, como apestados.
Pasaron los años y una tarde, era el primer día de calor de un mes de mayo, vi venir por la calle vacía a una criatura singular: era un esmirriado muchacho de unos quince años con una camiseta de color verde fosforescente. Sus vaqueros, demasiado cortos, dejaban ver unos tobillos picudos y unas canillas flacas; pero lo peor era el pelo, una mata espesa rojiza y reseca, peinada con gomina, a los años cincuenta, como una inmensa ensaimada sobre el cráneo. No me costó trabajo reconocerle: era Lolo, aunque un Lolo crecido y transmutado en calamitoso adolescente. Seguía caminando inclinado hacia delante, aunque ahora parecía que era el peso de su pelo, de esa especie de platillo volante que coronaba su cabeza, lo que le mantenía desnivelado.
Y entonces la vi a ella. A Lupe. Venía por la misma acera, en dirección contraria. También ella había dado el estirón puberal en el pasado invierno. Le había crecido la misma pechuga que a su madre, de tal suerte que, como era cuellicorta, parecía llevar la cara en bandeja. Se había teñido su bonito pelo oscuro de un rubio violento, y se lo había cortado corto, así como a lo punky. Estaban los dos, en suma, francamente espantosos: habían florecido, conforme a sus destinos, como seres ridículos. Pero se los veía anhelantes y en pie de guerra. Lo demás, en fin, sucedió de manera inevitable. Iban ensimismados, y chocaron el uno contra el otro. Se miraron entonces como si se vieran por primera vez, y se enamoraron de inmediato. Fue un 11 de mayo y, aunque ustedes quizá no lo recuerden, cuando los ojos de Lolo y Lupe se encontraron tembló el mundo, los mares se agitaron, los cielos se llenaron de ardientes meteoros. Los feos y los tristes tienen también sus instantes gloriosos.

Microrelatos de Rosa Montero - 2

Resultat d'imatges de rosa montero amantes y enemigos

El reencuentro

Iba mirando el periódico que acababa de comprar y por eso no advirtió su presencia hasta que casi chocó contra ella.
– Perdone -dijo él, aún distraído y manoteando torpemente el diario.
– Vaya, pero si eres tú -dijo ella. Tomás alzó la vista. Rosario estaba frente a él, con gesto sorprendido, sonriente. Tenía exactamente el mismo aspecto de siempre: Tomás incluso creyó reconocer la chaqueta de mezclilla que llevaba. Qué bárbaro, cinco años sin verse y vestía la misma chaqueta que antes. Con lo mucho que se cambiaba de ropa por entonces y la cantidad de dinero que se gastaba en trapos.
– Pues sí, soy yo.
Se quedaron unos instantes sin saber qué decirse.
– Estás igual -dijo él.
– Tú también -dijo ella. Tomás se pasó disimuladamente una mano por el pelo, mucho más ralo que antes, y metió tripa.
– Acabo de llegar -explicaba Rosario-. Hace un par de días. Y ya no me voy más. Se acabó la aventura americana.
Era verdad, sí. Ahora Tomás recordaba vagamente que Rosario le había escrito que pensaba regresar a Madrid. Pero eso había sido muchos meses atrás.
– Te debo carta, por cierto -recordó de pronto Tomás, sintiéndose culpable.
– No te preocupes: ahora ya me podrás decir las cosas cara a cara. O por teléfono.
Rieron los dos, Rosario enseñando sus dientecitos pequeños y parejos, como de niña. Una mujer tan estupenda, Rosario. Pero ¿qué cosas? ¿Qué cosas podría decirle? ¿De qué podría hablarle? Ni por carta, ni por teléfono, ni cara a cara: no se le ocurría nada que contarle a esa mujer estupenda con la que había vivido cuatro años.
– ¿Qué tal te va la vida? -preguntó ella. -Bien. Bueno… Sí, bien. ¿Y a ti? -titubeó él. -Muy bien. Ya ves. En pleno cambio. Y, sin embargo, los primeros seis meses de su relación habían sido un incendio. No en el terreno de la complicidad verbal: ahí nunca brillaron. Los dos eran demasiado introvertidos, demasiado pasivos, demasiado callados. Debió de ser por eso por lo que fracasó la relación, años después. Pero al principio, en los primeros tiempos: al principio la piel echaba chispas, el silencio del otro era un enigma que avivaba el deseo y por las venas corría lava en vez de sangre. Tomás nunca había mantenido una relación sexual tan descomunal y tan febril como con Rosario. Cuando se encerraban el uno con el otro estallaban cohetes, se calcinaban las estrellas, el mundo era un perpetuo redoble de tambor. Se bastaban. No necesitaban nada más. Era la apoteosis de los cuerpos.
– ¿Sigues teniendo el mismo piso que antes? -Sí. Y tú, ¿dónde vas a vivir? -Oh, ahora, de momento, estoy en casa de mi hermana, pero me estoy buscando un apartamento. Quiero comprar algo.
Era la misma, exactamente la misma mujer que le volvió loco tiempo atrás, pero algo se había roto definitivamente. Al sutil mecanismo de la pasión le faltaba una pieza. Era como un reloj estropeado: si no marca la hora, se convierte en materia desordenada y absurda, en tuercas, cristales, ruedecillas inútiles. El reloj pierde su sustancia y ni siquiera es. Del mismo modo, los dientecitos de Rosario, antes irresistibles, un sortilegio de dulces mordeduras, eran hoy unos dientes vulgares, ajenos, inanimados. Años atrás no hubiera podido estar tan cerca de ella sin temblar y hoy estaba deseando marcharse.
– ¿Y tu madre? -Muy bien. Con sus achaques de artritis, pero bien. ¿Y tus padres?
– Estupendos. Desde que se jubilaron se pasan el día viajando. Ahora están en Alicante.
– Qué bien. Coincidieron los dos, años atrás, en una esquina del tiempo y del espacio. Pero después el mundo siguió girando y se perdieron. Y, sin embargo, ahora aún la quería. Se querían mucho los dos, de eso estaba seguro: con un amor antiguo y animal, con la costumbre de quien ha compartido infinidad de gripes y de insomnios, con el mismo entrañamiento con que quieres a ese hermano con el que nunca sabes de qué hablar.
– Bueno, Tomás, me voy a tener que ir -sonrió ella-. A ver si un día quedamos y comemos.
A Rosario, la conocía bien, le pasaba lo mismo: estaba huyendo. Se miraron, se sonrieron; y se abrazaron estrechamente, con el dulce recuerdo de los abrazos de antaño. Que seas feliz, pensó Tomás; que seas muy feliz, deseó desde el fondo de su corazón, con todas sus fuerzas. Y después se separaron los dos, muy aliviados.

Microrelatos de Rosa Montero

"LA OTRA" DE ROSA MONTERO
en el periódico "El país"

En cuanto la conoció, mi abuela dictaminó: «Es un mal bicho». A mí tampoco me había gustado nada: me apretujó entre sus brazos, me manchó la mejilla con un maquillaje pegajoso y dulzón y me regaló una muñeca gorda y cursi, cuando lo que yo quería por entonces era un disfraz de indio. Se agachó hasta mi altura y dijo: «Esta niñita tan bonita y yo nos vamos a llevar muy bien, ¿verdad?», y me enseñó unos dientes manchados de carmín. Los demás creyeron que me sonreía, pero yo sé que lo que hacía era mostrarme los colmillos, como hace mi perro Fidel cuando se topa con un enemigo. Además me irritó que mintiera. Porque yo no era bonita, ni lo soy. Y ella, siempre tan coqueta y detallista, lo sabía. Creo que me despreció desde el primer instante.
Ella, en cambio, pasaba por hermosa. En el pueblo lo comentaban: «Es muy estirada y muy señoritinga, pero qué alta, qué guapa, qué elegante». Y mi abuela decía: «Ya puede ser elegante, porque se está gastando en trapos todas las perras de tu padre». Aunque seguramente dijo «tu pobre padre». Desde que apareció la otra en la casa de la playa, durante aquellas horribles vacaciones, mi padre fue siempre para mi abuela «tu pobre padre». Y cuando hablaba de él sacudía la cabeza y suspiraba: «Los hombres, ya ves, no saben vivir solos, y así pasa, que luego llegan las lagartas y les lían. Ay, si tu madre viviese…», decía, y se ponía a llorar. Pero no por mi madre, que llevaba muerta muchos años, ni por mi «pobre padre», sino por ella misma. Porque mi abuela estaba segura de que la iban a meter en un asilo.
Una tarde que habíamos entrado las dos en el supermercado oímos una conversación aterradora. Mi abuela y yo estábamos escarbando dentro del arcón congelador en busca de los helados de frambuesa, y las mujeres no nos vieron. «El otro día me encontré en la farmacia a la nueva de la casa del mirador… Muy guapetona, pero con unos humos…», decía una. «Pues al parecer la cosa está hecha, le ha cazado, se casan», contestaba la otra. «Entonces poco tardará en salir la vieja de la casa. No creo que ésa apechugue con la antigua suegra», añadió la primera con una risita. «Ya verás, seguro que se carga a la abuela… y a lo mejor hasta a la niña.» En ese momento la abuela y yo sacamos la cabeza del congelador, porque estábamos ya moraditas de frío. Y las vecinas se dieron un codazo y se callaron.
Al principio, en la semana que papá estuvo con nosotras, la cosa no fue tan terrible. Ella lo pedía todo por favor y reía hasta cuando no venía a cuento. También papá estaba más cariñoso que de costumbre: me compraba regaliz y me sentaba otra vez en su regazo, aunque unos meses atrás había empezado a refunfuñar que yo ya estaba demasiado grande para eso. Pero no me engañaba con sus zalamerías: una tarde le pillé en el jardín. Besándola. Estaban en el banco del almendro, y mi padre la tenía sentada en sus rodillas. Y eso que ella sí que era grande. Entonces mi padre me descubrió y dio un respingo. Pero luego se controló y, sonriéndome, hizo señas para que me acercara. Eso fue lo peor: que quisiera hacer pasar el horror como algo natural. Salí corriendo y me encerré en el cuarto de la abuela. Mi padre golpeó la puerta, rogó, gritó y amenazó. Pero no salí. A la mañana siguiente papá se tuvo que ir a la ciudad, por asuntos de negocios, durante tres semanas.
Entonces estalló la guerra. Viéndose sola, ella tomó el poder despóticamente. Nos mandaba, nos gustaba. Nos odiaba. Nos negábamos a dirigirle la palabra, y ella nos castigaba sin cenar con la complicidad de Tere, la criada, a quien había comprado con la promesa de un aumento de sueldo. Hablaba por teléfono con papá, pero a mí nunca me avisaba de sus llamadas. Y un día nos llegó a acusar de haberle metido cucarachas en las playeras, lo cual era cierto, desde luego, pero ¿cómo podía tener ella la mala fe de acusarnos sin pruebas? Porque de todos es sabido que las cucarachas caminan de acá para allá y se meten ellas solas en los zapatos.
Un día, al anochecer, volvió mi padre. Se le veía tenso y ceñudo: nunca me había parecido tan alto y tan sombrío. Era tarde y pasamos al comedor inmediatamente. Ella hablaba y hablaba: lo hacía con suavidad, pero decía cosas horrorosas de nosotras. Papá fumaba y miraba torcidamente su copa de vino; yo quise intervenir, pero un rugido suyo me mandó callar y me heló el aliento. Mi abuela temblaba dentro de su bata de florecitas: nunca me había parecido tan pequeña. Al fin ella cerró la boca, radiante y satisfecha, y papá dijo: «Se acabó». No nos quería papá, estaba claro. Quería más a esa intrusa, que sólo llevaba un mes en casa. Al otro lado de la mesa, ella reía y enseñaba sus dientes manchados de rojo, como los colmillos de un vampiro. «Se va a cargar a la abuela», habían dicho las vecinas, «y también a la niña». Mi padre confiaba más en una usurpadora que en su propia hija. «Se va a cargar a la abuela y a la niña», comentaban. Tere la traidora trajo una sopera con gazpacho. Miré a mi abuela y mentalmente le grité: no lo tomes. Mi padre quería vivir con ella y no conmigo. Con la enemiga de los colmillos rojos. ¿Y si el gazpacho estuviera envenenado? ¿Y si la otra hubiera decidido acabar de una vez con nosotras? Esperé, con el corazón zumbando en los oídos, hasta que ella se sirvió un buen tazón y comenzó a tomarlo. Entonces yo también comí. Y las cucharadas me supieron a lágrimas.
Dos días después ella desapareció sin dejar rastro. La buscaron por los acantilados y por las cunetas, en la estación de tren y en los hospitales. Y escrutaron el mar durante semanas, esperando que la resaca de Volviera su cuerpo. Nunca lo hizo. Papá, contrito y deshecho, contemplaba las olas y musitaba: «Qué mala suerte tengo». Han pasado diez años de aquello y no ha vuelto a casarse. Mi abuela murió el otoño pasado y ahora vivo sola con mi padre (mi Pobre, pobre padre), que me necesita más que nunca.
En cuanto a ella, no sé lo que pasó. Aquella noche, después de la cena, mi abuela, que era montañesa, preparó un conjuro. Recortó una foto de ella y la metió en un tarro vacío de compota, junto con un par de dientes de ajo y una mosca muerta atada con bramante; y luego selló el frasco y le dio la vuelta, para que quedara boca abajo. Dos días después ella se esfumó. Recuperé el tarro hace unos meses, cuando el fallecimiento de mi abuela: lo encontré al fondo de un cajón, aún invertido. Aquí lo tengo, y todavía puede verse la fotito de ella a través del cristal, su cara helada y sonriente, sus esbeltas piernas, mucho más bonitas que las mías. Yo no creo en conjuros, pero aún mantengo el frasco boca abajo y bien cerrado. Y a veces, cuando me veo fea y grandota en un espejo, me alivia recordar que guardo toda esa hermosura prisionera.

jueves, 3 de mayo de 2018

Cuentos interactivos de Edgar Alan Poe


Juul. Un libro narrado. Juul era holandés y tenía 13 años


https://es.slideshare.net/joseapulido81/juul-49143694

La historia de Juul



Juul tenía rizos, rizos rojos como hilos de cobre, eso gritaban todos: ¡hilos de cobre! ¡tienes sangre en el pelo! ¡Caca roja! Un día Juul cogió unas tijeras y rizo a rizo se los cortó.


Juul tenía la cabeza pelada y todos le decían: ¡bola de billar! ¡cara de huevo! Por eso se puso un gorro. Al no tener pelo, el gorro le caía encima de las orejas y éstas se le salían un poco, '¡orejas de soplillo! ¡Dumbo! ¡echa a volar!', le llamaban ahora. Eso le hubiese gustado a Juul, volar muy lejos de allí. De dos rabiosos tirones Juul se arrancó las orejas. Como no tenía orejas el gorro le caía encima de los ojos impidiéndole ver, y empezó a chocarse contra las paredes, contra los otros chicos, contra las sillas, Juul veía las estrellas y empezó a bizquear. Entonces los niños empezaron a llamarle: ¡bizco! ¡Cegatón! ¡Juul es un cegatón! Juul cerró fuertemente los ojos hasta que se le salieron de las órbitas, cayeron al suelo como dos canicas calientes, pero no botaron. Tenía tanto, pero tantísimo dolor, que apenas podía pronunciar una palabra, gemía, babeaba y balbuceaba mientras los otros le decían: ¡tartaja! ¡Baboso! ja, ja, ja ¡miren, Juul no sabe hablar! Juul metió su lengua en un enchufe de la luz, se quemó media boca y su lengua, desapareció.
El dolor era tan insoportable que Juul apenas podía caminar, las piernas se le torcían y le fallaban y los chicos le decían: ¡Juul el patizampo! ¡Juul piernas torcidas! Juul se fue al tren, puso las piernas sobre las vías, cuando éste pasó dejó un gran reguero rojo.
Alguien encontró a Juul, alguien lo sentó en una silla de ruedas, y mientras Juul empujaba y empujaba para escapar los niños seguían gritándole: ¡Juul el ruedas! ¡Juul el ruedas! cuando le alcanzaron, le mancharon de porquería las ruedas y ahí donde él tenía que agarrarse para escapar. De la rabia que le dió metió sus manos en agua hirviendo, para tenerlas siempre limpias, pero estaba tan caliente, que se quemó; y le salieron ampollas y llagas que le supuraban. El médico las mandó amputar y los chicos le decían: ¡brazos de salchicha! ¡Desgraciado! Juul se hizo llevar al zoo, a la jaula de los leones, metió los brazos por los barrotes y un león se los comió.
Juul sólo era cabeza y torso y los niños decían: ¡qué pena de torso! ¡si no lo tuviese podríamos jugar al fútbol con su cabeza! Así que entre todos tiraron y tiraron hasta que le separaron la cabeza del tronco. Pero resultó que la cabeza, aunque se podía chutar, no botaba bien; y los niños, cansados, dejaron a Juul abandonado en la zona de penalti. Alguien pasó por allí, lo recogió, le dió de comer, lo mimó, le pusó un lápiz en la boca, le ofreció un papel y le preguntó: -¿pero qué te ha pasado? A lo que Juul contestó:
Yo tenía rizos rojos, como hilo de cobre
Eso me gritaban todos: ¡hilos de cobre!

¡Tienes sangre en el pelo! ¡Caca roja!
Por eso rizo a rizo, me los corté...


jueves, 22 de septiembre de 2016

Leemos textos divertidos, grandes libros para jóvenes jovencitos


LECTURES "OBLIGATÒRIES" D'ABANS DELS 13 ANYS

14. El Principito (a partir de 10 años) de Antoine de Saint-Exupéry

El clásico que no puede faltar en una biblioteca infantil. Todo empieza cuando un piloto, perdido en el Sáhara, se encuentra con un pequeño príncipe de otro planeta. El resto de esta maravillosa historia merece la pena leerlo.

15. Cuentos en verso para niños perversos (a partir de 10 años) Roald Dahl

De nuevo, una obra que reinventa seis cuentos clásicos. Esta vez los llena de acción y humor ¿y si Blancanieves ya no es una inocente princesa? ¡Nos encantan estos cuentos!

16. Manolito Gafotas (a partir de 10 años) de Elvira Lindo

El primer libro de la serie nos presenta al niño más famoso del barrio de Carabanchel Alto y su peculiar familia. Actual y divertido, enganchará a los niños de principio a fin.

17. Harry Potter y la piedra filosofal (a partir de 10 años) de J. K. Rowling

El primero de los libros de esta saga fantástica. En él, el joven mago nos introduce en el mundo de la escuela de magia Hogwarts y las aventuras que en él se esconden. Con el resto de la saga, Harry Potter y sus compañeros crecerán con sus lectores, no podrán quitárselo de las manos. ¿Magia?

18. Matilda (a partir de 12 años) Roald Dahl

Matilda es la niña más especial que conocerás jamás. Sin haber cumplido los cinco años ya ha leído un montón de libros, aunque sus padres la consideran una inútil. Cuando entra en su nuevo colegio y conoce a la señorita Honey descubre que tiene una habilidad maravillosa. Una historia que recordarán para siempre.

19. Momo (a partir de 12 años) de Michael Ende

Momo es una niña con la habilidad de saber escuchar a los demás y ayudarles a humanizar sus vidas, aunque todo se pone en peligro cuando los hombres grises amenazan con robarles el tiempo.

20. Charlie y la fábrica de chocolate (a partir de 12 años) de Roald Dahl

Charlie ha conseguido un billete dorado, lo que significa que será uno de los afortunados que visitará la fábrica de chocolate del extravagante Willy Wonka. Con Charlie aprenderemos valores como la generosidad y la responsabilidad mientras nos divertimos.

domingo, 13 de marzo de 2016

TRABAJOS PARA MEJORAR MI COMPETENCIA LINGÜÍSTICA

Sobre las lecturas: "Cuentos cortos"

* Objetivos

Los alumnos que han suspendido castellano o que tienen un 5 de nota, tienen que hacer obligatoriamente este trabajo de manera continuada.
Aquellos alumnos que quieren mejorar la nota del tercer trimestre pueden hacer este trabajo de manera voluntaria. Entregarán el dosier al final de la evaluación: el día 27 de mayo

Para cada lectura un ejercicio.
Entregar el dossier de cuentos cortos a todos los alumnos, con las propuestas de ejercicios.

* Temporalización:
 

a. Cada semana dos lecturas y dos ejercicios (los correspondientes a cada lectura)

b. Hay que entregar el dosier cada lunes a la hora de tutoría.

c. Se devolverá el miércoles a la hora de atención educativa para poder realizar el siguiente ejercicio a entregar el siguiente lunes.

* Procedimiento para cada lectura:   

1-  Lee el texto tranquilamente con una música tranquila de fondo  que invite a la concentración.

2- Responde a las preguntas indicadas en el índice
    a. He entendido el texto; fácilmente, con dificultad
    b. Me ha gustado el texto: mucho, bastante, poco, nada
    c. He hecho el ejercicio: con ayuda, solo/a
    d. He utilizado el diccionario: sí/no

 

3- Realiza, en el texto mientras lo lees por segunda vez, el ejercicio indicado en el índice
    Ejemplos: separa el texto en frases
                     subraya los verbos / adjetivos...
                     piensa un título diferente (ecríbelo al lado del original)
                     Añade una frase o dos al final del texto como
                     conclusión.
                     (...)


4- Ponte una nota acorde al trabajo que has realizado.
Piensa en el interés que has puesto y si, según tu criterio, has seguido las indicaciones de la actividad.