jueves, 22 de noviembre de 2018
jueves, 15 de noviembre de 2018
DIÁLOGOS... ¿CÓMO?

- ¿Te acuerdas cuando leíamos libros?
- ¿Qué eran los libros?
- Sí mujer, muchas hojas atadas por un lado y con unas tapaderas muy bonitas.
- ¿Y para qué servían?
- Buff, casi ni me acuerdo, creo que para soñar o para viajar en el tiempo y el espacio... más o menos.
- ¡Ostras sí! ¡Era genial! Yo me pasaba tardes enteras con uno entre las manos...
miércoles, 17 de octubre de 2018
viernes, 28 de septiembre de 2018
LECTURA EXPRESIVA: JULIO CORTÁZAR
Lectura individual ante la clase: nota
Textosd e Julio Cortázar
Marta, Miguel, Clara: Objetos perdidos
Dídac: Basta
Berta: Problema
Andreu: Flor y Cronopio
Álex: Ni quiero
Miguel: No quiero
Ariadna: Siempre
Irene: ha portat un llibre
Adrià: Rondar
pau: Tinta pluma
Paula: Che
Pedro: Quiero saber
Candela: Regalo
Blanca detrás
Atenea, Inés: los amigos
Àngela: Todo lo que quisiera saber
No habñian buscado textos: Marc, Amanuel, Hugo, Aitana, Mireia, Mario, Àngela (?), Alba, Daniel, Manuel,
Textosd e Julio Cortázar
Marta, Miguel, Clara: Objetos perdidos
Dídac: Basta
Berta: Problema
Andreu: Flor y Cronopio
Álex: Ni quiero
Miguel: No quiero
Ariadna: Siempre
Irene: ha portat un llibre
Adrià: Rondar
pau: Tinta pluma
Paula: Che
Pedro: Quiero saber
Candela: Regalo
Blanca detrás
Atenea, Inés: los amigos
Àngela: Todo lo que quisiera saber
No habñian buscado textos: Marc, Amanuel, Hugo, Aitana, Mireia, Mario, Àngela (?), Alba, Daniel, Manuel,
jueves, 13 de septiembre de 2018
¿PORQUÉ CASTELLANO PRÁCTICO?
¿Para qué sirve la lengua? ¿En qué situaciones es importante?
1. Comunicación en el día a día (entre amigos / en situaciones profesionales cuotidianas (comercio, médico...)
2. Ámbito académico: Conferencias / clases
3. Teatro / cine
4. Cartes: formals i informals
5. Situacions especials: llenguatge de signes...
lunes, 16 de julio de 2018
"Amantes y enemigos. Historias de parejas" de Rosa Montero
Nuestros proveedores de libros hablan mucho de nosotros y de los nuestros. Quizás en realidad sobretodo de los nuestros, al menos este es mi caso. Vivo en Valencia y mis padres en Barcelona. Yo nací en la ciudad condal y viví en ella hasta los 25 años. Mi madre es una gran gran lectora y cada vez que la visito, a ella y a mi padre, me llevo algún libro prestado. A ella no le molesta, creo que en realidad le agrada mucho porqué así contribuyo a aligerar el peso de los estantes de su casa. Quizás en realidad sobretodo porqué alimento su sueño maternal de que su hija es tan gran gran lectora como ella.
Sea
como sea, escribo estas líneas una vez finalizada la lectura del último libro
que le robé con su consentimiento: “Amantes y enemigos” de Rosa Montero.
Me ha gustado: historias ingeniosas, sorprendentes, con finales a veces imaginados antes de tiempo, otros inesperados…
Me ha gustado: historias ingeniosas, sorprendentes, con finales a veces imaginados antes de tiempo, otros inesperados…
Me
gustan los libros de cuentos cortos. Es un género difícil para el escritor y
fácil para el lector; al menos para mi que adolezco de hipersomnia, es decir
que me duermo en un santiamén. La tensión que supone para el lector una
historia concentrada no le permite relajarse en la lectura, de manera que, en
mi caso, supone un despliegue atencional que favorece enormemente mi vigilia.
Llego al final de cada cuento sin pestañear.
He
seleccionado algunos de los cuentos más breves para trabajarlos con vosotros,
queridos alumnos. Espero que os gusten tanto como a mi. Los encontraréis en los
siguientes enlaces.
El
reencuentro
domingo, 8 de julio de 2018
Microrelatos de Rosa Montero - 4
La web oficial de la escritora.
El último libro de Rosa Montero: Nosotras
El monstruo de lago
Llevaba dos semanas comiendo porquerías y durmiendo en
los bed and breakfast más modestos, pero el dinero se le iba de entre
las manos como agua. El coche y el alcohol, eso era lo que le
descabalaba el presupuesto. El alquiler del coche era lo peor, pero no
había otra manera de moverse. La editorial le pagaba cuatro mil pesetas
de dietas al día, lo cual, aunque Escocia estuviera barata, era casi una
burla. Así que se alimentaba con la bazofia de los pubs, salchichas
purpúreas y guisantes de lata, todo regado con unas cuantas pintas de
cerveza. Eso estaba comiendo ahora, precisamente, acodado en la mesa de
un pub, junto a la carretera. Un local oscuro como un mal pensamiento,
aunque todavía no eran las cuatro de la tarde. Afuera, más allá de los
ventanucos, el día moría prematuramente, agobiado por un cielo de
nubarrones negros. Sólo estaban a primeros de noviembre, pero hacía ya
un frío insoportable. El lago, al otro lado de la carretera, tenía el
color helado del mercurio. No tardaría en nevar.
– ¿Es suyo el coche que hay delante?
M.
se sobresaltó y miró hacia atrás dos veces, una por encima de cada
hombro, buscando la persona a quien la pregunta podría ir dirigida: no
estaba acostumbrado a despertar ningún tipo de interés. Pero detrás de
él no había nadie. Contempló entonces con más atención al hombre que
había formulado la pregunta. Era un tipo de cráneo y vientre redondos,
grandes narizotas, ojos de miope. Poseía el aspecto de no haber tenido
ni una sola idea propia en toda su vida.
– Supongo que sí -respondió M., en aceptable inglés.
– ¿Extranjero?
– Español.
– ¿Viajando?
– Voy a Inverness.
Tras
este breve interrogatorio, el hombrecillo calló, aparentemente
satisfecho. M. volvió a su salchicha, fría ya y con sabor a nitratos. Un
asco. Como se pasaba los días conduciendo y trabajando, sólo comía una
vez por jornada, un almuerzo tardío. Luego seguía camino y por las
noches, antes de acostarse, se metía unos whiskys en el cuerpo.
Bastantes whiskys. Pero no se consideraba un alcohólico: sólo bebía para
poder dormir.
– ¿Le importa si me siento un ratito con usted? -dijo el hombre.
– No,
no… -contestó M. sorprendido. Ellos dos, el hombre y él, eran los
únicos parroquianos que había en el local. Cosa que no era de extrañar,
porque el pub se levantaba en mitad de la nada, entre colinas sombrías y
desiertas. Seguramente el tipo se encontraba aburrido de estar solo y
de ahí su locuacidad y su insistencia. Un pelmazo. Tenía todo el aspecto
de ser un pelmazo. Pero a M. no le importaba: incluso agradecía su
presencia. Llevaba dos semanas sin hablar con nadie, más allá de las
mínimas frases necesarias para ordenar una comida y de las monótonas
preguntas de su trabajo: «¿El garaje está incluido en el precio?»,
«¿cuántas habitaciones tiene?», «¿cuánto cuesta el menú?». Cómo odiaba
su empleo. De entre todas las guías de viajes más baratas, más feas y
peor hechas del mundo, las Orbe se llevarían sin esfuerzo el primer
premio. La editorial las vendía por dos perras a una serie de periódicos
regionales, y éstos las regalaban, una cada semana, junto con el diario
de los domingos. Eran unos librillos confeccionados a puñetazos,
plagados de erratas y tan mal pegados que no aguantaban el recorrido del
quiosco a la casa sin perder alguna hoja.
– ¿A qué se dedica usted? -inquirió el hombre. Unos matojos de pelos negros sobresalían de sus narizotas.
– Soy periodista. -¡Qué interesante! -dijo el tipo. Y parecía de verdad impresionado.
Porque
no sabe, se dijo M. Porque no sabe. Lo que peor llevaba era tener que
entrar en los hoteles de lujo a preguntar las tonterías que preguntaba. Y
cruzar los larguísimos vestíbulos soportando la mirada suspicaz y
desdeñosa del conserje. Porque con él nunca se equivocaban los conserjes
de los grandes hoteles: siempre sabían, desde la primera ojeada, que él
no podía ser un cliente.
– Entonces quizá le
interese saber quién soy yo -dijo el hombrecillo en tono modesto-. Yo,
verá usted, soy el monstruo del lago Ness.
Me
resopló, súbitamente dolido. Pero, entonces, ¿el tipo se estaba mofando
de él? ¿Le había reconocido, de la misma manera que le reconocían los
conserjes de los hoteles de lujo, como un objetivo fácil para la burla?
Pero no, el hombrecillo parecía estar hablando en seno.
– Claro,
ya comprendo que a usted le costará creerme -tartamudeó-. Pero es que,
¿cómo explicarle?, yo soy la apariencia humana del monstruo.
Un
loquito, eso era. A M. no le asustaban los locos. Al contrario, con
ellos se sentía incluso más a gusto. Con ellos no se veía en la
obligación de justificarse por lo mal que le había ido en la vida. A los
locos no les importaba que tuviera el hígado hecho papilla o que, a los
cincuenta y cuatro años, viviera solo como un perro en una sórdida
pensión madrileña. Ni que esta miserable chapuza de las guías se la
hubieran dado casi por compasión.
– Y, entonces, ¿el verdadero monstruo dónde está? -preguntó por decir algo,
– Ahí
abajo -contestó el tipo señalando con solemnidad el turbio lago que
asomaba a través de la ventana-. Ahí, arropado por toneladas de agua
fría. Está durmiendo.
Microrelatos de Rosa Montero - 3
La gloria de los feos
Me fijé en Lupe y Lolo, hace ya muchos años, porque
eran, sin lugar a dudas, los raros del barrio. Hay niños que desde la
cuna son distintos y, lo que es peor, saben y padecen su diferencia. Son
esos críos que siempre se caen en los recreos; que andan como almas en
pena, de grupo en grupo, mendigando un amigo. Basta con que el profesor
los llame a la pizarra para que el resto de la clase se desternille,
aunque en realidad no haya en ellos nada risible, más allá de su destino
de víctimas y de su mansedumbre en aceptarlo.
Lupe y
Lolo eran así: llevaban la estrella negra en la cabeza. Lupe era hija
de la vecina del tercero, una señora pechugona y esférica. La niña salió
redonda desde chiquitita; era patizamba y, de las rodillas para abajo,
las piernas se le escapaban cada una para un lado como las patas de un
compás. No es que fuera gorda: es que estaba mal hecha, con un cuerpo
que parecía un torpedo y la barbilla saliéndole directamente del
esternón.
Pero lo peor, con todo, era algo de dentro;
algo desolador e inacabado. Era guapa de cara: tenía los ojos grises y
el pelo muy negro, la boca bien formada, la nariz correcta. Pero tenía
la mirada cruda, y el rostro borrado por una expresión de perpetuo
estupor. De pequeña la veía arrimarse a los corrillos de los otros
niños: siempre fue grandona y les sacaba a todos la cabeza. Pero los
demás críos parecían ignorar su presencia descomunal, su mirada
vidriosa; seguían jugando sin prestarle atención, como si la niña no
existiera. Al principio, Lupe corría detrás de ellos, patosa y torpona,
intentando ser una más; pero, para cuando llegaba a los lugares, los
demás ya se habían ido. Con los años la vi resignarse a su inexistencia.
Se pasaba los días recorriendo sola la barriada, siempre al mismo paso y
doblando las mismas esquinas, con esa determinación vacía e inútil con
que los peces recorren una y otra vez sus estrechas peceras.
En cuanto a Lolo, vivía más lejos de mi casa, en otra
calle. Me fijé en él porque un día los otros chicos le dejaron atado a
una farola en los jardines de la plaza. Era en el mes de agosto, a las
tres de la tarde. Hacía un calor infernal, la farola estaba al sol y el
metal abrasaba. Desaté al niño, lloroso y moqueante; me ofrecí a
acompañarle a casa y le pregunté que quién le había hecho eso. «No
querían hacerlo», contestó entre hipos: «Es que se han olvidado». Y
salió corriendo. Era un niño delgadísimo, con el pecho hundido y las
piernas como dos palillos. Caminaba inclinado hacia delante, como si
siempre soplara frente a él un ventarrón furioso, y era tan frágil que
parecía que se iba a desbaratar en cualquier momento. Tenía el pelo
tieso y pelirrojo, grandes narizotas, ojos de mucho susto. Un rostro
como de careta de verbena, una cara de chiste. Por entonces debía de
estar cumpliendo los diez años.
Poco después me
enteré de su nombre, porque los demás niños le estaban llamando todo el
rato. Así como Lupe era invisible, Lolo parecía ser omnipresente: los
otros chicos no paraban de martirizarle, como si su aspecto de triste
saltamontes despertara en los demás una suerte de ferocidad
entomológica. Por cierto, una vez coincidieron en la plaza Lupe y Lolo:
pero ni siquiera se miraron. Se repelieron entre sí, como apestados.
Pasaron
los años y una tarde, era el primer día de calor de un mes de mayo, vi
venir por la calle vacía a una criatura singular: era un esmirriado
muchacho de unos quince años con una camiseta de color verde
fosforescente. Sus vaqueros, demasiado cortos, dejaban ver unos tobillos
picudos y unas canillas flacas; pero lo peor era el pelo, una mata
espesa rojiza y reseca, peinada con gomina, a los años cincuenta, como
una inmensa ensaimada sobre el cráneo. No me costó trabajo reconocerle:
era Lolo, aunque un Lolo crecido y transmutado en calamitoso
adolescente. Seguía caminando inclinado hacia delante, aunque ahora
parecía que era el peso de su pelo, de esa especie de platillo volante
que coronaba su cabeza, lo que le mantenía desnivelado.
Y
entonces la vi a ella. A Lupe. Venía por la misma acera, en dirección
contraria. También ella había dado el estirón puberal en el pasado
invierno. Le había crecido la misma pechuga que a su madre, de tal
suerte que, como era cuellicorta, parecía llevar la cara en bandeja. Se
había teñido su bonito pelo oscuro de un rubio violento, y se lo había
cortado corto, así como a lo punky. Estaban los dos, en suma,
francamente espantosos: habían florecido, conforme a sus destinos, como
seres ridículos. Pero se los veía anhelantes y en pie de guerra. Lo
demás, en fin, sucedió de manera inevitable. Iban ensimismados, y
chocaron el uno contra el otro. Se miraron entonces como si se vieran
por primera vez, y se enamoraron de inmediato. Fue un 11 de mayo y,
aunque ustedes quizá no lo recuerden, cuando los ojos de Lolo y Lupe se
encontraron tembló el mundo, los mares se agitaron, los cielos se
llenaron de ardientes meteoros. Los feos y los tristes tienen también
sus instantes gloriosos.
Microrelatos de Rosa Montero - 2
El reencuentro
Iba mirando el periódico que acababa de comprar y por eso no advirtió su presencia hasta que casi chocó contra ella.
– Perdone -dijo él, aún distraído y manoteando torpemente el diario.
– Vaya,
pero si eres tú -dijo ella. Tomás alzó la vista. Rosario estaba frente a
él, con gesto sorprendido, sonriente. Tenía exactamente el mismo
aspecto de siempre: Tomás incluso creyó reconocer la chaqueta de
mezclilla que llevaba. Qué bárbaro, cinco años sin verse y vestía la
misma chaqueta que antes. Con lo mucho que se cambiaba de ropa por
entonces y la cantidad de dinero que se gastaba en trapos.
– Pues sí, soy yo.
Se quedaron unos instantes sin saber qué decirse.
– Estás igual -dijo él.
– Tú también -dijo ella. Tomás se pasó disimuladamente una mano por el pelo, mucho más ralo que antes, y metió tripa.
– Acabo de llegar -explicaba Rosario-. Hace un par de días. Y ya no me voy más. Se acabó la aventura americana.
Era
verdad, sí. Ahora Tomás recordaba vagamente que Rosario le había
escrito que pensaba regresar a Madrid. Pero eso había sido muchos meses
atrás.
– Te debo carta, por cierto -recordó de pronto Tomás, sintiéndose culpable.
– No te preocupes: ahora ya me podrás decir las cosas cara a cara. O por teléfono.
Rieron
los dos, Rosario enseñando sus dientecitos pequeños y parejos, como de
niña. Una mujer tan estupenda, Rosario. Pero ¿qué cosas? ¿Qué cosas
podría decirle? ¿De qué podría hablarle? Ni por carta, ni por teléfono,
ni cara a cara: no se le ocurría nada que contarle a esa mujer estupenda
con la que había vivido cuatro años.
– ¿Qué tal te
va la vida? -preguntó ella. -Bien. Bueno… Sí, bien. ¿Y a ti? -titubeó
él. -Muy bien. Ya ves. En pleno cambio. Y, sin embargo, los primeros
seis meses de su relación habían sido un incendio. No en el terreno de
la complicidad verbal: ahí nunca brillaron. Los dos eran demasiado
introvertidos, demasiado pasivos, demasiado callados. Debió de ser por
eso por lo que fracasó la relación, años después. Pero al principio, en
los primeros tiempos: al principio la piel echaba chispas, el silencio
del otro era un enigma que avivaba el deseo y por las venas corría lava
en vez de sangre. Tomás nunca había mantenido una relación sexual tan
descomunal y tan febril como con Rosario. Cuando se encerraban el uno
con el otro estallaban cohetes, se calcinaban las estrellas, el mundo
era un perpetuo redoble de tambor. Se bastaban. No necesitaban nada más.
Era la apoteosis de los cuerpos.
– ¿Sigues teniendo
el mismo piso que antes? -Sí. Y tú, ¿dónde vas a vivir? -Oh, ahora, de
momento, estoy en casa de mi hermana, pero me estoy buscando un
apartamento. Quiero comprar algo.
Era la misma,
exactamente la misma mujer que le volvió loco tiempo atrás, pero algo se
había roto definitivamente. Al sutil mecanismo de la pasión le faltaba
una pieza. Era como un reloj estropeado: si no marca la hora, se
convierte en materia desordenada y absurda, en tuercas, cristales,
ruedecillas inútiles. El reloj pierde su sustancia y ni siquiera es. Del
mismo modo, los dientecitos de Rosario, antes irresistibles, un
sortilegio de dulces mordeduras, eran hoy unos dientes vulgares, ajenos,
inanimados. Años atrás no hubiera podido estar tan cerca de ella sin
temblar y hoy estaba deseando marcharse.
– ¿Y tu madre? -Muy bien. Con sus achaques de artritis, pero bien. ¿Y tus padres?
– Estupendos. Desde que se jubilaron se pasan el día viajando. Ahora están en Alicante.
– Qué
bien. Coincidieron los dos, años atrás, en una esquina del tiempo y del
espacio. Pero después el mundo siguió girando y se perdieron. Y, sin
embargo, ahora aún la quería. Se querían mucho los dos, de eso estaba
seguro: con un amor antiguo y animal, con la costumbre de quien ha
compartido infinidad de gripes y de insomnios, con el mismo
entrañamiento con que quieres a ese hermano con el que nunca sabes de
qué hablar.
– Bueno, Tomás, me voy a tener que ir -sonrió ella-. A ver si un día quedamos y comemos.
A
Rosario, la conocía bien, le pasaba lo mismo: estaba huyendo. Se
miraron, se sonrieron; y se abrazaron estrechamente, con el dulce
recuerdo de los abrazos de antaño. Que seas feliz, pensó Tomás; que seas
muy feliz, deseó desde el fondo de su corazón, con todas sus fuerzas. Y
después se separaron los dos, muy aliviados.
Microrelatos de Rosa Montero
En cuanto la conoció, mi abuela dictaminó: «Es un mal
bicho». A mí tampoco me había gustado nada: me apretujó entre sus
brazos, me manchó la mejilla con un maquillaje pegajoso y dulzón y me
regaló una muñeca gorda y cursi, cuando lo que yo quería por entonces
era un disfraz de indio. Se agachó hasta mi altura y dijo: «Esta niñita
tan bonita y yo nos vamos a llevar muy bien, ¿verdad?», y me enseñó unos
dientes manchados de carmín. Los demás creyeron que me sonreía, pero yo
sé que lo que hacía era mostrarme los colmillos, como hace mi perro
Fidel cuando se topa con un enemigo. Además me irritó que mintiera.
Porque yo no era bonita, ni lo soy. Y ella, siempre tan coqueta y
detallista, lo sabía. Creo que me despreció desde el primer instante.
Ella,
en cambio, pasaba por hermosa. En el pueblo lo comentaban: «Es muy
estirada y muy señoritinga, pero qué alta, qué guapa, qué elegante». Y
mi abuela decía: «Ya puede ser elegante, porque se está gastando en
trapos todas las perras de tu padre». Aunque seguramente dijo «tu pobre
padre». Desde que apareció la otra en la casa de la playa, durante
aquellas horribles vacaciones, mi padre fue siempre para mi abuela «tu
pobre padre». Y cuando hablaba de él sacudía la cabeza y suspiraba: «Los
hombres, ya ves, no saben vivir solos, y así pasa, que luego llegan las
lagartas y les lían. Ay, si tu madre viviese…», decía, y se ponía a
llorar. Pero no por mi madre, que llevaba muerta muchos años, ni por mi
«pobre padre», sino por ella misma. Porque mi abuela estaba segura de
que la iban a meter en un asilo.
Una tarde que
habíamos entrado las dos en el supermercado oímos una conversación
aterradora. Mi abuela y yo estábamos escarbando dentro del arcón
congelador en busca de los helados de frambuesa, y las mujeres no nos
vieron. «El otro día me encontré en la farmacia a la nueva de la casa
del mirador… Muy guapetona, pero con unos humos…», decía una. «Pues al
parecer la cosa está hecha, le ha cazado, se casan», contestaba la otra.
«Entonces poco tardará en salir la vieja de la casa. No creo que ésa
apechugue con la antigua suegra», añadió la primera con una risita. «Ya
verás, seguro que se carga a la abuela… y a lo mejor hasta a la niña.»
En ese momento la abuela y yo sacamos la cabeza del congelador, porque
estábamos ya moraditas de frío. Y las vecinas se dieron un codazo y se
callaron.
Al principio, en la semana que papá estuvo
con nosotras, la cosa no fue tan terrible. Ella lo pedía todo por favor y
reía hasta cuando no venía a cuento. También papá estaba más cariñoso
que de costumbre: me compraba regaliz y me sentaba otra vez en su
regazo, aunque unos meses atrás había empezado a refunfuñar que yo ya
estaba demasiado grande para eso. Pero no me engañaba con sus
zalamerías: una tarde le pillé en el jardín. Besándola. Estaban en el
banco del almendro, y mi padre la tenía sentada en sus rodillas. Y eso
que ella sí que era grande. Entonces mi padre me descubrió y dio un
respingo. Pero luego se controló y, sonriéndome, hizo señas para que me
acercara. Eso fue lo peor: que quisiera hacer pasar el horror como algo
natural. Salí corriendo y me encerré en el cuarto de la abuela. Mi padre
golpeó la puerta, rogó, gritó y amenazó. Pero no salí. A la mañana
siguiente papá se tuvo que ir a la ciudad, por asuntos de negocios,
durante tres semanas.
Entonces estalló la guerra.
Viéndose sola, ella tomó el poder despóticamente. Nos mandaba, nos
gustaba. Nos odiaba. Nos negábamos a dirigirle la palabra, y ella nos
castigaba sin cenar con la complicidad de Tere, la criada, a quien había
comprado con la promesa de un aumento de sueldo. Hablaba por teléfono
con papá, pero a mí nunca me avisaba de sus llamadas. Y un día nos llegó
a acusar de haberle metido cucarachas en las playeras, lo cual era
cierto, desde luego, pero ¿cómo podía tener ella la mala fe de acusarnos
sin pruebas? Porque de todos es sabido que las cucarachas caminan de
acá para allá y se meten ellas solas en los zapatos.
Un
día, al anochecer, volvió mi padre. Se le veía tenso y ceñudo: nunca me
había parecido tan alto y tan sombrío. Era tarde y pasamos al comedor
inmediatamente. Ella hablaba y hablaba: lo hacía con suavidad, pero
decía cosas horrorosas de nosotras. Papá fumaba y miraba torcidamente su
copa de vino; yo quise intervenir, pero un rugido suyo me mandó callar y
me heló el aliento. Mi abuela temblaba dentro de su bata de florecitas:
nunca me había parecido tan pequeña. Al fin ella cerró la boca,
radiante y satisfecha, y papá dijo: «Se acabó». No nos quería papá,
estaba claro. Quería más a esa intrusa, que sólo llevaba un mes en casa.
Al otro lado de la mesa, ella reía y enseñaba sus dientes manchados de
rojo, como los colmillos de un vampiro. «Se va a cargar a la abuela»,
habían dicho las vecinas, «y también a la niña». Mi padre confiaba más
en una usurpadora que en su propia hija. «Se va a cargar a la abuela y a
la niña», comentaban. Tere la traidora trajo una sopera con gazpacho.
Miré a mi abuela y mentalmente le grité: no lo tomes. Mi padre quería
vivir con ella y no conmigo. Con la enemiga de los colmillos rojos. ¿Y
si el gazpacho estuviera envenenado? ¿Y si la otra hubiera decidido
acabar de una vez con nosotras? Esperé, con el corazón zumbando en los
oídos, hasta que ella se sirvió un buen tazón y comenzó a tomarlo.
Entonces yo también comí. Y las cucharadas me supieron a lágrimas.
Dos
días después ella desapareció sin dejar rastro. La buscaron por los
acantilados y por las cunetas, en la estación de tren y en los
hospitales. Y escrutaron el mar durante semanas, esperando que la resaca
de Volviera su cuerpo. Nunca lo hizo. Papá, contrito y deshecho,
contemplaba las olas y musitaba: «Qué mala suerte tengo». Han pasado
diez años de aquello y no ha vuelto a casarse. Mi abuela murió el otoño
pasado y ahora vivo sola con mi padre (mi Pobre, pobre padre), que me
necesita más que nunca.
En cuanto a ella, no sé lo
que pasó. Aquella noche, después de la cena, mi abuela, que era
montañesa, preparó un conjuro. Recortó una foto de ella y la metió en un
tarro vacío de compota, junto con un par de dientes de ajo y una mosca
muerta atada con bramante; y luego selló el frasco y le dio la vuelta,
para que quedara boca abajo. Dos días después ella se esfumó. Recuperé
el tarro hace unos meses, cuando el fallecimiento de mi abuela: lo
encontré al fondo de un cajón, aún invertido. Aquí lo tengo, y todavía
puede verse la fotito de ella a través del cristal, su cara helada y
sonriente, sus esbeltas piernas, mucho más bonitas que las mías. Yo no
creo en conjuros, pero aún mantengo el frasco boca abajo y bien cerrado.
Y a veces, cuando me veo fea y grandota en un espejo, me alivia
recordar que guardo toda esa hermosura prisionera.
viernes, 25 de mayo de 2018
ORTOGRAFÍA - PROYECTO ENTREVISTAS - INTERROGACIÓN directa e indirecta
DICTADO
El
último proyecto del curso ha sido sobre las entrevistas. Pienso que se ha
tratado de un trabajo bastante interesante. A continuación voy a relatar en qué
ha consistido
Pasa estas
frases a pregunta indirecta (A hacer en clase)
¿Cuántos
años tienes?
¿Porqué no te callas?
¿cuándo vendrás?
¿Cuál ha sido el mejor proyecto?
¿Con quien se casó Pedro?
¿Alguien viajará a Mallorca?
¿Porqué no te callas?
¿cuándo vendrás?
¿Cuál ha sido el mejor proyecto?
¿Con quien se casó Pedro?
¿Alguien viajará a Mallorca?
Repaso orográfico de:
Pronombres interrogativos
Accentos en las palabras acabadas en IÓN
Palabras que en catalán llevan J y en castellano Y
Accentos en las palabras acabadas en IÓN
Palabras que en catalán llevan J y en castellano Y
Deberes: La entrevista a clickedu.
jueves, 24 de mayo de 2018
ENTREVISTAS
NOTAS 3a EVALUACIÓ
1. Actitud 10%
2. Libreta 10%
3. Mi cuento (Juul) 10%
4. Mejoro mi escritura 10%
5. Entrevista (video) 15%
6. Entrevista (texto) 15%
7. Me entrevisto 15%
8. Opinión 15%
SESIONES FINAL 3a EVALUACIÓN
SESIÓN 1: Entrevista
SESIÓN 2: Me entrevisto
SESIÓN 3: Leo una entrevista y pienso... ¿Qué libro me gustaría leer de Maite Carranza? Escribo mi opinión sobre el libro que me gustaría leer
http://www.eltemplodelasmilpuertas.com/entrevista/maite-carranza/323/
SESIÓN 4:
1. Actitud 10%
2. Libreta 10%
3. Mi cuento (Juul) 10%
4. Mejoro mi escritura 10%
5. Entrevista (video) 15%
6. Entrevista (texto) 15%
7. Me entrevisto 15%
8. Opinión 15%
SESIONES FINAL 3a EVALUACIÓN
SESIÓN 1: Entrevista
SESIÓN 2: Me entrevisto
SESIÓN 3: Leo una entrevista y pienso... ¿Qué libro me gustaría leer de Maite Carranza? Escribo mi opinión sobre el libro que me gustaría leer
http://www.eltemplodelasmilpuertas.com/entrevista/maite-carranza/323/
SESIÓN 4:
Suscribirse a:
Entradas (Atom)





